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I.- Introducción

Introitus.

Requiem aeternan dona eis, Domine
et lux perpetua lucear eis

Dales reposo eterno, Señor:
y que brille eternamente la luz sobre ellos

1.- Trágica verdad

Hoy, finalmente, tengo que aceptar que mi Patria ha muerto. Cada año que la visitaba la veía peor, sin embargo mantenía esperanzas en su mejoría, y por qué no, en su restablecimiento total. Me decía: "en el próximo viaje la encontrarás mejor". Así han pasado veinte años, veinte largos años engañándome, esperando un milagro. Esta última visita iba a ser la más importante, debía iniciar los preparativos para regresar al Perú, y es precisamente en este viaje que me he dado cuenta que ha fallecido. Me lo han dicho las resignadas miradas de mis parientes, la palabra desalentadora de mis amigos, las noticias alarmantes de las revistas y periódicos, las imágenes televisadas de gobernantes y gobernados. Me lo ha confirmado, también, todo lo que he visto y oído en calles y plazas de ciudades y pueblos. No satisfecho con estas pruebas he insistido en buscar, descubrir, el más mínimo signo vital, algún detalle esperanzador.

Me he quedado estupefacto. Como aquel esposo que al regresar de una larga guerra busca a su amada para abrazarla y ... la encuentra muerta.

Mi Patria... mi Patria... No sé cuándo falleció. Su olor indica que no es reciente.

2.- Olor a Patria

Cuando mi Patria estaba viva olía a alfalfa matinal de ayacuchanos campos, a campiña arequipeña, al palo de rosa de Iquitos, a la mar brava de Lima, a los eucaliptos de Huánuco, al aire límpido de Huancavelica.

Mi Patria tenía fragancia a la flor de canela que llevaba la guapa del valsecito, a colonia de mi bisabuela Etelgiva, a agua de Florida en la repisa del baño, a talco para bebés, a las flores dominguera que llevaba a casa.

Olía mi patria a cocina hogareña que espera al hijo hambriento: frejoles con arroz blanco, papa con huacatay, chifles piuranos, cuy chactado, pan con bonito frito.

Mi Patria despedía aroma a tés de la tarde, cuando en el silencio del sorbido se gustaba filosofar sobre las cosas de la vida. Finalmente el aroma de mi Patria era a café después de la cena, cuando mis padres animaban la imaginación y se hacían grandísimos planes para el porvenir.

Así olía mi Patria. Ahora huele mal, lógico, hace tiempo que está muerta y no la entierran.

3.- Reacciones previsibles

Las reacciones frente a un occiso son tan variadas como el número de personas que conocen al fallecido. En consecuencias, la muerte de mi Patria aparecerá en España en la columna "noticias breves del mundo", debajo de la información de un nuevo índice de criminalidad de Nueva York y arriba del récord Guiness de tomar cerveza con cucharita.

Al resto de Europa no le importará que esté viva o muerta. Sólo las agencias de viajes exóticos tendrán la molestia de retirarla de sus ofertas turísticas para clientes que aman la antropología o las emociones fuertes.

En Africa y Asia, como no la conocían, no llegarán a enterarse. No debo resentirme por ello. Si a mí me dijeran que se murió la Patria de Brunei o la del Alto Volta, reaccionaría igual, acaso las buscaría en un atlas geográfico, por curiosidad solamente.

Los Estados Unidos estarán contentos de su muerte porque era un potencial de problemas. Ahora tendrán menos de qué preocuparse, y como mi Patria murió pobre, no habrá siquiera un botín importante para irlo a buscar.

Las hermanas latinoamericanas de mi Patria no sé si también han muerto o están vivas. Para mí es muy difícil saber algo de ellas. Apenas si pude darme cuenta de que mi propia Patria había dejado este mundo. En fin, si estuviesen vivas y fuertes entrarían en las propiedades y se arrebatarían los despojos. No es este el caso. Siendo optimista podría afirmar sin temor a equivocarme, que las hermanas latinoamericanas están, en el mejor de los casos, muy débiles, casi no respiran. Esto no es un problema que hoy me quita el sueño. Lo que me tiene pasmado es saber que mi Patria, no la de los vecinos, está muerta.

Mis compatriotas reaccionarán peor que yo. La gran mayoría no sabe lo que pasa. Unos pocos que sí saben, calla. Otros, ocultan, y algunos niegan.

4.- ¿ Dónde la enterrarán?

¡Las cosas que uno piensa cuando ve un cadáver! El sepelio de mi Patria va a tomar muchos años. A las Patrias, al igual que a los reyes españoles, hay que ponerlas antes en unas recámaras para que sus cuerpos se pudran hasta quedar bien secos. En El Escorial llaman a esos cuartos "pudrideros". En el Perú no tienen nombre todavía.

Una vez seca la enterrarán en la costa o la sierra, esto será mejor que enterrarla en la selva, allí todo se pudre tan rápido que desaparece carne, vísceras, huesos y ataúd en pocos días.

En la sierra no la enterrarán porque los costeños no aman a la sierra y son ellos los que toman las decisiones. Luego, queda sólo la costa. Allí podrían enterrarla, si hubiese dinero, en una de las tantas huacas vacías, más claro, saqueadas por mis compatriotas. No, ni eso, los limeños dirán, "no hay plata", y la dejarán en un hueco del desierto costeño. Ojalá sea Paracas porque se acompañará con otras momias. La de mi Patria durará muchos siglos en inmejorables condiciones hasta que algún arqueólogo la descubra en un lejanísimo tiempo. ¡Pero qué digo! Lo más probable es que la entierren en el Congreso de la República, ahí las cosas se pudren lentamente, y no se notará la pestilencia, seguirá oliendo igual.

Finalmente, cuando haya perdido su olor y se vea solamente el pergamino que forran sus huesos, la pondrán en la Catedral de Lima, donde se queda lo bien podrido. No pondrán las vísceras, eso los curas no lo permiten, ¿he visto acaso las entrañas de Pizarro? Estoy seguro que tampoco tienen entrañas los prelados que están en ese santo lugar. La colocarán, estoy seguro, en la primera capilla de la derecha, dentro de un sarcófago de vidrio parecido al que tiene "El Marqués de la Conquista", dejándola encima de él o abajo, pero no al costado. Los que vayan a verla podrán hacer comparaciones...

5.- ¿Pueden morir las Patrias?

Yo no creía, como no cree mucha gente, que las Patrias pueden morir, sin embargo es así. Las Patrias mueren igual que los hombres, los árboles y los animales. Grandes Patrias han desaparecido. La Patria de los griegos se fue al más allá seguida por la de los romanos; también se han ido la Patria de los persas, hititas, egipcios, mayas, etc. El hecho de que hayan dejado este mundo esas Patrias no me consuela porque las veo como Patrias viejas que por naturaleza tenían que desaparecer.

El caso de mi Patria es diferente: es una Patria joven nacida en 1532 por la unión, más bien la violación, con alevosía, ventaja y ensañamiento en grado máximo, de la Madre España al padre Quechua. Las mujeres cuando violan a los hombres no sólo son abusivas sino perversas. ¡Cómo provoca este tema! Mejor voy para atrás.

Estoy equivocado. No siempre las Patrias mueren de vejez. Hay muchas que parecen inmortales. Por ejemplo: la Patria de los japoneses y la Patrias de los chinos son viejísimas, a pesar de ellos son florecientes, firmes de carnes y hermosas. Hay también muchísimas Patrias más pequeñas que siguen vivas: pienso en las Patrias de las numerosas tribus de Áfricas, Asia, Oceanía y en las de nuestra selva amazónica. Esta nueva revelación en el discurso me hace afirmar, como es lógico, que las Patrias no tienen por qué morirse. Añado, las Patrias no envejecen como los hombres, por lo tanto no se mueren de viejas sino de alguna otra cosa...

6.- ¿Quién la asesinó?

Ahora que mi Patria está inerme puedo hacerle una autopsia meticulosa, no le dolerá porque está muerta y los muertos son indefensos; luego no se quejará cuando mi bisturí explore sus vísceras ni se podrá vengar de mí como lo haría si apenas la hubiese rozado estando viva.

Tampoco mis compatriotas me podrán acusar de asesinato, no se puede asesinar a una muerta. No faltará, claro, alguien quien crea que todavía está viva y se enojará mucho.

En estas tragedias a veces se actúa como viudas histéricas agarrando el féretro y peleando con los cargadores.

Sé que los pocos o muchos que protesten por la autopsia son los mismos que han contribuido de algún modo a la muerte de mi Patria. Temerán los "Días de Ira". No se deberán asustar porque yo me contentaré con saber que algún día los resultados servirán para que la Historia juzgue.

No dejaré que la nueva generación, aludida hace 100 años por Manuel González Prada, se tome el trabajo de juzgar a los viejos. Yo puedo hacerlo ahora y poner en la frente de todos los culpables el sello indeleble de la ignominia. Eso no es poco. Tengo que acusarles hoy mismo, sin demora, no debo esperar la justicia de la Historia, porque cuando la Historia juzga no condena, siempre es tarde para ello.

7.- Un fuerte dolor mi pecho oprime, es el peso de mi raza

El sobresalto al encontrarme de un día a otro sin Patria me ha hecho reaccionar de un modo extraño, no he querido explorar mis propios sentimientos, tengo horror de enfrentarme a ellos, quisiera esconderme, ocultarme, negar con los demás el triste hecho. Es, lo sé, engañarme con retrasos. ¡Vamos ya! ¿Qué puedo hacer...?

El choque emocional de encontrarme con mi Patria muerta es indudablemente trágico. Me acabo de dar cuenta que soy huérfano de Patria. Un apátrida está en mejor situación, él no la tiene, yo en cambio la tengo y está muerta. Soy un triste, solitario y abandonado huérfano de Patria.

Un fuerte dolor mi pecho oprime, es el peso de mi raza. Vallejo diría mejor: "Silencio. Aquí se ha hecho ya de noche,/ ya detrás del cementerio se fue el sol;/ aquí se está llorando a mil pupilas:/ no vuelvas; ya murió mi corazón".

8.- ¡Maldigo a los que me han robado el futuro!

¡Pero, no carajo! No me voy a quedar tan tranquilo en el velorio. ¡No! ¡Hijos de la concha de su madre! ¡Patricidas! ¡Han asesinado también la cercana vejez que quería disfrutar en mi Patria!

Han destruido la casita en la playa que nunca construí, a la que venían mis hermanos con sus hijos, que nunca fueron. ¡Miserables! Han acabado con la gran familia que no constituí. ¡Incapaces! Han impedido que vuelva a visitar Pichupampa, la remota comarca donde nació mi padre, por la que nunca caminé. No volveré a oler y almorzar esa rica pachamanca que nunca comí. ¡Mediocres! ¡Hediondos! Me han impedido festejar el matrimonio de mi hija, llevarla del brazo al altar y hacer una fiesta de "rompe y raja" hasta la mañana siguiente cuando después de bailar un huayno de padre y muy señor mío con mi esposa que nunca lo aprenderá, nos restableceríamos con un aguadito de pato bien picante e iríamos a tirarnos a la playa con los muchos invitados que todavía seguirían en la fiesta a la que nunca asistieron.

¿Y las otras fiestas a las que nunca iré? ¿Y el bautizo de mi primo, el chino Pun?, su padre habría cerrado el mejor chifa de Lima y con elegancia mandarina habría atendido a los invitados, especialmente a los parientes políticos que sabemos valorar su calidad humana y sus maneras de gran señor. ¿Y el primer cumpleaños de mi sobrino el negrito Terrones?, habría bailado una zamacueca con mi sobrina Toya, digna de los dedos de esos negros guitarristas que nunca conocí. ¿Y el entierro de mi compadre del alma, Carlos Moreno Hobbs, gran tesorero del Sport Boys?; le hubiera ofrecido mi corazón, experiencia y apoyo a mi ahijado Carlitos que es todo un hombrecito al que no conocí. ¿Quién irá a visitar a mi gran amigote, el Cholo Beraún, cuando se enferme?, buen cantante, mejor guitarrista e insuperable poeta con el que siempre acabábamos llorando música andina, quizá como presagio de estos tiempos, ¿qué restaurante le contratará?

Y queda mucho más: bailes de carnavales con disfraces en la calle, fiestas patrias, navidades, bailes de fin de año, almuerzos con Alfredo, hermano de tres generaciones. Reuniones en la casa de Memo con la gloriosa séptima promoción del Colegio Militar Leoncio Prado, comidas con mis camaradas comunistas, mis compañeros apristas, mis amigos reaccionarios y cualquiera otra denominación política que quieran ponerse los ex universitarios sanmarquinos. Aun ir a los entierros de amigos o parientes es una experiencia que sólo aprecian los que asisten, ahí se reencuentra uno con lo que determinó ser así y no de otra manera.

Quedan, todavía, cumpleaños, bautizos, inauguraciones, graduaciones, despedidas, triunfos deportivos, ascensos en el trabajo, ferias. Es decir todo lo que hace al individuo ser miembro de una gran familia, de una gran Patria. Patria de mis hijos y de los hijos de mis amigos. Todo esto no podrá ser. ¡Jamais! ¡Kaput! ¡Finito! ¡Never again! ¡Nunca jamás!

¡Compatriotas de mierda! Han acabado con poetas y albañiles, con artistas y verduleros, con científicos y obreros, con médicos y enfermeras, con gerentes y empleados, con místicos y prostitutas, con agrónomos y campesinos, con intelectuales y analfabetos, con empresarios y ambulantes. Ahora todo es ruin, ahora no hay esperanza para nadie. ¿Lo entienden? ¡Bestias!

Mis compatriotas son un asco. Por qué no gritarles ahora, ¡Mediocres, incapaces! ¡Brutos, imbéciles! Han masacrado su propia Patria, que es la mía. Por eso no lloro de pena, sino de odio, de rabia contra ustedes. Han utilizado la violencia, la incomprensión, la mezquindad, el egoísmo, la envidia.

Mi única venganza es mi letra. ¡Oh, pueblo ruin! Allí tienen a nuestra Patria asesinada. ¿Están satisfechos ahora? ¡Bravo! Hijos de la más grandísima ramera, lo lograron al fin y al cabo. ¡Repugnantes escatófagos! ¡Cómansela! Es lo único que falta.

9.- Yo puedo odiar

Temo seguir... No es el llanto el que me da miedo, lloré bastante cuando mi hijo murió en el momento en que más feliz estaba, todavía lo hago como si fuera ayer. Temo seguir...

Yo no soy de los que quedan resentidos, eso es para los pusilánimes. Yo puedo odiar, yo odio. ¿Cómo se materializa el odio?, ¿en violencia? Eso lo hace cualquier ignorante aun sin odiar. Yo no creo en la violencia. ¿Violencia, contra quién? Mis compatriotas se matan entre ellos, unos con balas y otros, muchos otros con indolencia, con falsedad, y más que nada con mezquindad. ¿Qué no conocen a los mezquinos? ¡Pues yo sí! es el hijo de puta del departamento de personal, heredero directo de los encomenderos. Es el jefecito de mierda que teme por su puesto y sustituye conocimiento con terror y oscurantismo. Es el empleado común y corriente que no se esfuerza por hacer un buen trabajo, que dosifica su energía, que cierra su escritorio a la hora en punto y su cerebro una hora antes. Es la secretaria que no se queda un minuto más. Es el obrero que se roba el cemento de la obra. El profesor que no prepara su clase. El carnicero que altera la balanza. El tendero que acapara el arroz.

Más que cualquiera, el más mezquino es aquel que regatea elogios al compañero y centavos a la chola frutera que se muere de hambre.

No por mencionarle último tiene menos intensidad mi odio al indiodemierda. Al único indio de mierda, al más mierda entre todos los mierdas. Aquel indio que se ha superado algo, económicamente o intelectualmente, y en vez de ayudar o defender a sus paisanos, los explota con más vileza que los gamonales. Aquel indiodemierda que escala una pequeña posición burocrática o social, y toma los aires de su antiguo amo para acarrear más injusticia y corrupción. Odio a ese indiodemierda que intenta sentirse blanco o mestizo, que cambia su nombre, su nariz, y se avergüenza de sus padres y hermanos.

Pueblo de mezquinos y traidores, mi odio se comienza a liberar. Los insultaré sin piedad ni censura. Vomitaré en estas líneas mis demonios sobre ustedes.

10.- ¡Miserables patricidas!

Nunca podré comprender lo que pasó. Por ejemplo: No sé por qué mis compatriotas utilizaron sus energías para generar violencia y no para producir más alimentos. Me refiero principalmente a las fuerzas armadas y a los que llevan armas sea cual sea su razón. Odio por igual a todos los que llevan uniforme militar, de alféreces para arriba, y a todos los guerrilleros y terroristas. Unos son pobrediablos con galones y los otros sin ellos.

No entiendo tampoco nuestra falta de valor para acusar de falsa a la historia que enseñan en los colegios y las universidades, y publican sin decoro pseudohistoriadores. Estamos llenos de falsos héroes que enmascaran a una sociedad corrupta e indolente.

Somos un pueblo amnésico. Hemos olvidado los nombres de los ladrones, los embusteros, los sinvergüenzas, los incapaces y los traidores. Queremos sólo recordar lo que no tiene importancia social. Lo intranscendente y anecdótico permanece. Parecería que tenemos fobia a los sustancial y básico.

¿Por qué no desenmascaramos a la jerarquía de una iglesia alienada de su responsabilidad social y de los valores básicos que debería tener nuestra sociedad? Los obispos siempre van y han ido del lado del gobernante y el gamonal. Sermonean sobre los pecados carnales a una nación desbordada por la injusticia social. Predican contra la lujuria a un pueblo famélico. Rezan por la fidelidad conyugal de familias analfabetas. Sacan pesadas procesiones en hombros de personas descalzas y enfermas. Condenan el aborto de ignorantes mujeres cargadas de hijos. Al lema "ora et labora" han envilecido el carácter del pueblo y lo han hecho débil y miserable.

¿Por qué no llamamos a los ladrones por su nombre y los acaparadores por lo que son? ¿Por qué no metemos en la cárcel a los que no pagan impuestos? Allí deberían estar junto con los que reciben coimas y prebendas.

¿Es acaso el gobierno el que va a cargar siempre con la culpa? ¿Quién es el responsable de que la calle esté siempre llena de papeles, la municipalidad o el vecino que los tira al suelo? ¡Ah, pueblo que no asume responsabilidades!

Siempre dispuesto a dirigir el dedo acusador contra todo lo que está arriba. ¿Dije, dirigir el dedo acusador? ¡No! Debo aclarar: sólo hace el ademán de levantarlo y se queda inmóvil, no tiene valor suficiente. Está esperando cobardemente que venga alguien a salvarlo. No cree que él es quien tiene la exclusiva responsabilidad de hacerlo. ¡Que venga cualquiera! Cuanto más lejano e ignoto mejor. Así se le podrá traicionar sin vergüenza. ¡Que venga un general! Y se crean fábulas para admirar sin pudor lo grosero de su vocabulario, lo insaciable de su apetito carnal, y la ejecución de malvadas venganzas contra sus enemigos. Si canta y baila mejor. Se admira más la osadía de sus decisiones que el mérito de ellas. Estas son las virtudes que cautivan del salvador. Si no es general el jefe del rescate, puede buscarse un japonés, un chino o un rubio. Eso sí, que no sea ni indio ni cholo. ¡Qué pueblo de porquería! ¡Cobarde! Nunca aprendió a confiar en su raza.

Para arrojar a un mal presidente, a un alcalde ladrón o a un prefecto corrupto, el pueblo no sale en masa a protestar a la calle, es mucho riesgo. Se espera al de afuera. No importa si los que vienen son terroristas o novelistas, y si no viene nadie se aguantan. Es más seguro quedarse en casita muriéndose de hambre que tomar multitudinariamente plazas y calles hasta que los infectos salgan.

Aplauden interiormente a las guerrillas porque sienten que les quitan la responsabilidad de reclamar sus derechos, y de paso se descabecharán a unos cuantos compatriotas. No esperan que la guerrilla gane, les da sólo una morbosa satisfacción.

No queda ya valor para levantar el dedo y decir: "Yo fui, señorita, yo rompí el vidrio, yo le metí la mano a la chola, yo me quité impuestos, yo acaparé alimentos, yo no ayudé a mi vecino, yo rayé el asiento del ómnibus, yo me zampé en la cola, yo no elogié a mi amigo". ¡No! Es más fácil quejarse, pero son cobardes y se quejan en voz baja, donde nadie los escuche. Me dan cólera porque los amo profundamente. ¡Miserables! ¡Patricidas!.

11.- La imprescindible tarea de talar y demoler

No me disculpo por las palabras altisonantes de este Réquiem. Sólo un peruano puede decir "carajo" y "concha de tu madre", cuando se ve ultrajado, sorprendido, frustrado. Solamente en la lengua materna un hombre puede exclamar espontáneamente sus emociones. Pónganse en mi lugar: después de varias décadas de arduo trabajo quise regresar a vivir en mi Patria, la fui a ver y la encontré muerta. ¿Qué quieren que diga?

Mi Perú ya no existe, el país que queda no es ni su caricatura ni su decadencia, es otro país que ha usurpado el mismo nombre.

En este Réquiem ayudaré a demoler sus falsos héroes, inocuos santos, malsanos mitos, y perversas costumbres. Talaré sin medida ni clemencia la frondosidad de nuestras corruptas instituciones y las estructuras de barro en las que se enlodan los gobernantes. Abriré los ojos a mis compatriotas para que vean su crimen, su patricidio. Trataré de agrandar la brecha para que otros terminen de arrasar con todas las creencias que nos han llevado a esta penosa situación.

Si algún día renace nuestra Patria que no encuentre piedra sobre piedra. Si algún día... si algún día... Pero ese es otro tema.

Antes de ponerme a trabajar debo rezar por mi Patria.

Introitus

Señor, da eterno reposo a mi Patria. Alúmbrala siempre porque tiene miedo a la oscuridad.

A sus asesinos dales lo que se merecen. Señor, sé justo.



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