Recordare
Recordare, Jesu pie,
quod sum causa tuae viae,
en me perdas illa die.
Ingemisco, tamquam reus,
culpa rubet vultus meus,
supplicanti parce, Deus.
Recuerda, buen Jesús
que yo soy la causa de tu venida,
no me rechaces en este día.
Como un culpable lloro,
mis pecados sonrojan mi cara,
sálvame, oh Dios, a mí que te imploro.
En algún momento de nuestra vida o muerte, nos enfrentamos a la Verdad, esa verdad que es evidente, que no admite subterfugios ni paliativos. Que no nos confundan los filósofos místicos con babosadas relativistas u oscurantistas. La verdad es esto: nuestra Patria ha muerto, y al país, triste desastre contemporáneo, lo vemos pudriéndose. Ante esta verdad, ¿qué podrán decir, después de haber realizado fechorías sin nombre, los presidentes de mierda que hemos tenido? (disculpen la grosería, es que estas palabras salen solas). Unos han sido ladrones contumaces, otros ambiciosos soldados cuarteleros. Los pocos honrados han sido horrorosamente ineptos. Los que tenían algo de carisma fueron los peores. Los que parecían tontos, locos o ingenuos, lo eran.
En los casi dos siglos de vida republicana no hemos tenido un presidente bueno. (En mi primer manuscrito puse que quizá se salvaba Castilla porque dio la libertad a los negros. Leí un poco más acerca de Don Ramón y tuve que corregir el párrafo: fue uno de los más descarados racistas, fomentó la inmigración de blancos "cuya noble raza cruzándose con la nuestra la mejore". En la Amazonía inició una guerra de "exterminio" de los aborígenes, y las deportaciones de sus enemigos fueron masivas. Nadie podía quejarse de que el 51% del gasto público fuese consumido por los militares).
Desde el gobierno provisional de San Martín en 1821, hemos tenido no menos de 63 presidentes o juntas de gobierno. Es decir un gobierno cada dos años y ocho meses como promedio. Han sido muchísimos gobiernos, y ni uno sólo ha sido bueno. Así cualquier país fracasa.
Volvamos al tema de enfrentarse a la Verdad. Yo me pregunto, ¿qué cara tendrá un presidente en presencia del Gran Juez, Aquel que todo lo sabe y al que no se le puede engañar? Digamos, si yo fuese Alan García (1985-1990), ¿cómo podría justificar la inmensa desilusión que llevé a todos los hogares del Perú después de haber sido elegido, por amplia mayoría? Esperaban que pacificase el país y llevase a cabo el primer gobierno aprista, retardado decenas de años a fuerza de golpes militares. Esa injusticia costó la vida a muchos partidarios del único partido organizado de este siglo, cercano al pueblo y, en su tiempo, con luz ideológica propia.
Cómo podré dar la cara después de que toda la nación, apristas o no, creyó en mí, en mi entusiamo, mi juventud, en mis ademanes simpáticos y criollos que enloquecieron a las masas y dio esperanzas a los más recalcitrantes pesimistas. Toda esta euforia duró pocos meses, después me volví loco (quizá siempre lo fui). Loco como un caballo desbocado acabé llevando entre mis patas a mi Patria moribunda, y a miles y miles de compatriotas que murieron de hambre por mi culpa.
Además, entregué a esos mismos militares que antes odiaba el control de la lucha antiguerrillera, sabiendo que el asunto es económico y político, no militar.
Mientras se derrumbaba el país, yo no sólo cantaba rancheras en la Plaza Garibaldi de la Ciudad de México, sino que hacía crecer mi fortuna y las de mis "compañeros".
Qué cara tendré cuando se toque el tema del vandalismo y rapiña lujuriosamente extendida en los últimos años de mi régimen cuando los robos de los jefes de las instituciones públicas eran imitados por sus subordinados hasta extremos insospechados. En las últimas semanas, sabiendo que no volveríamos al poder, nos llevamos todo, literalmente todo, desde computadoras hasta papel higiénico, pasando por puertas, bisagras, escritorios, sillas, cuadros, etc. (sólo un etcétera por pudor). Nuestros robos y malversaciones fueron indescriptibles. No puedo exagerar, hay cientos de miles de testigos.
Yo, Alan García, ¿podré mantener ante "El de la Buena Memoria" la misma actitud arrogante y desfachatada que tuve cuando para evadir la responsabilidad de mi indescriptible fracaso económico, eché la culpa a las entidades financieras, e igual que otro famoso sinvergüenza, el presidente mexicano José López Portillo, ordené la expropiación de los bancos, las compañías de seguros y el cierre de las casas de cambio? ¿Fue una expropiación legal?, ¿se llevó a cabo?, ¿tenía gente preparada para manejar esas empresas?, y lo más importante, ¿solucionó mi fracaso administrativo?
Todas las respuestas son negativas. Lo único positivo, más que positivo, extraordinario, fue que obligué a Mario Vargas Llosa a lanzarse a la política en un acto desesperado para llenar el vacío de liderazgo en los partidos opositores.
Yo, Alan, que los primeros meses saludaba al pueblo desde los balcones de palacio con mi pañuelo blanco. No con el pañuelo del Jefe Víctor Raúl ni con el de Pavarotti, sino con el de aficionado que pide que al toro del pueblo le corten las orejas y el rabo.
Sí, yo, Alan, alias "Caballo Loco", que quebranté la unidad del partido aprista. Que no paré la masacre de los presos políticos en Lurigancho y en el Frontón. Que no cumplí ninguna de mis promesas de gobierno. Que dejé a los narcotraficantes apoderarse de nuestra montaña, de nuestras fuerzas armadas y de nuestros campesinos. ¿Qué diablos puedo decir ante los hechos?
Yo, "el compañero Alan", que en el discurso inaugural de mi mandato presidencial prometí acabar con la corrupción, que al día siguiente destituí indiscriminadamente a jefes y oficiales de la Guardia Civil, que los sustituí con personas de mi confianza, que no contento con esto hasta cambié el nombre a las fuerzas policiales para que no quede una pizca de los antiguos "Caballeros de la Ley" ni del lema "El Honor es mi Divisa", que todo eso fue para crear una fuerza organizada de extorsión, represión y crimen. Yo, que dejé finalmente a la ciudadanía sin protección y con mayor peligro que antes. Y a las instituciones policiales desprestigiadas para siempre. ¿Me pondré atrevido ante el Señor y seré capaz de negar todo? Sería mucho concha.
Yo, Alan García, hice mucho más daño. No tuve el menor sentido común para tratar el pago de la deuda externa. Demagógicamente declaré que no la pagaría, y en todo caso los pagos no serían mayores al 10% de nuestras exportaciones. Yo, que no me senté a negociar con mis deudores, que no les presenté un plan dilatorio que pudiera ser tragado de alguna manera por la banca extranjera. En vez de decirles: "el cheque está en el correo", "mañana se lo pago", o indicarles cortésmente: "quisiera pagarles pero no puedo", "con todo respeto es imposible por el momento". No, yo que no tuve la menor idea de cómo funciona la política y finanzas internacionales, me puse como un matón de barrio. Fui más insolente y descomedido con sus representantes en privado que en público, gané no sólo enemigos institucionales. El resultado fue trágico, todos nos cortaron el crédito y nuestro país terminó pagando un 50% más de lo que dije. ¡Qué imbécil fui!
Repito, si yo fuese Alan García qué cara pondría ante la Verdad. Si además, junto al Juez Supremo veo al fundador del partido, Víctor Raúl Haya de la Torre, ¿qué le diré, cómo me justificaré? ¿Qué muecas deformarán mi rostro cuando tenga que dar cuenta de tantas irresponsables decisiones, que causaron un desconcierto generalizado entre todos los que vivían en el Perú o los que tenían algo que ver con él? ¿No fui yo, el que convertí la inflación en un reto para las calculadoras, que tenían que absorber tres ceros cada pocos meses?
Cualquier intento de respuesta es inútil, cualquier refutación es innecesaria. El asunto es muy privado, es de Alan García y el Juez, nadie más. Así está de seria la cosa. Claro, él debe estar feliz por ahora, la Justicia Peruana no le culpó ni le culpará, y para hacer lo que hizo del Perú, se nota que no creyó nunca en la Otra Justicia. O, quizás Alan, aventurero irresponsable, cree que el Señor es como el pueblo peruano: amnésico.
Hay cada desalmado...
Me pregunto, si yo fuese Fernando Belaúnde Terry, ¿mantendría la misma actitud de papanatas cuando el "Gran Arquitecto" me recuerde las dos oportunidades que tuve para hacer algo por la Patria? ¿Podré acaso decirle que no fui culpable de mi primer mandato, 1963-1968, porque me sacó a empujones un coronel del Palacio de Gobierno cuando apenas me faltaban algunos meses para terminar mi periodo?
¿Mi cara de hombre honesto y romántico servirán de algo para descargar la culpabilidad evidente de haber sido el primer representante de la burguesía limeña y del "pensamiento liberal" de esos tiempos, (comparando, por supuesto, con el clan de la aristocracia de banqueros y latifundistas que gobernó previamente) y no haber podido hacer nada por nadie? Me rodeé de burguesitos mequetrefes, "pituquitos" de tablas hawaianas, saraos y fotos en notas sociales, que aparte de tener bronceada la piel tenían tostado el cerebro y creyeron que los limeñitos de mierda podrían manejar el país a espaldas del pueblo, especialmente el serrano. Y yo, en la "luna de Paita", hablando de mi carretera marginal, obra faraónica que al lado de la selva amazónica recorrería tierras feraces todavía no pobladas. ¿Cuántos kilómetros se hicieron? ¿Cuántos se deshicieron? ¿Cuánto costó? ¿Dónde está ahora? Es decir, mi prioridad política iba en pos del mito, El Dorado del futuro, mientras que el presente se acercaba al borde del abismo.
¿Mantendré mi postura de catedrático cuando el Gran Maestro me recuerde mi segundo periodo, 1980-1985? ¿No fue éste un fracaso más clamoroso que el primero? Sí, porque desperdiciaron las mayores esperanzas políticas de esta segunda mitad del siglo cuando recibí el poder de los mismos militares que me lo quitaron. Sin embargo, no rectifiqué la injusticia social ni creé el ambiente necesario de confianza para promover la inversión, el ahorro y el desarrollo económico. Peor, seguí endeudando a la nación hasta alcanzar niveles irrecuperables.
Cuando se creía que este gobierno iba a ser mejor, puesto que tendría mayor experiencia, cuando otra vez renacieron esperanzas entre la burguesía, ¿qué hice? Nada. Me rodeé de petulantes bilingües, (no castellano-quechua, obviamente) que vieron sus puestos como una catapulta de prestigio internacional, algo emocionante para redondear su currículum vitae dándose cierto "cachet" de jet-set. Uno de mis arrojados colaboradores, el primer ministro, Manuel Ulloa, es buen ejemplo de lo dicho: no hizo ninguna reforma ni liberal ni de otro tipo, y yo tampoco, pero eso sí, ambos éramos y seguimos siendo conferencistas internacionales sobre el tema.
Durante mi gestión se iniciaron las campañas guerrilleras de Sendero Luminoso y yo dejé que los militares se encargasen de eliminarlas como sólo ellos saben hacerlo, con los pies. Los resultados fueron pavorosos. Sí, como lo oyen, yo Fernando Belaúnde Terry fui el responsable del inicio terrorista en el Perú. Permití matanzas, cerré los ojos ante los abusos, y no di la respuesta social ni económica al descontento de la sierra. Lo que hice fue nombrar a los militares más corruptos y más ineptos para que controlasen la insurgencia. Uno de ellos, el general Humberto Catter se asoció con el narcotraficante más grande del Perú mientras dirigía a la Benemérita Guardia Civil. A cargo de la Policía de Investigaciones estaba otro socio del "padrino", el general, PIP José Jorge Zárate. Ya se pueden imaginar...
Mi corte de ex miraflorinos, ahora "monterriquinos", petrimetres, sin imaginación política, sin carisma y sobre todo sin ideología gubernamental hicieron de la política y del gobierno un club de dilettantes ineptos. El Dr. Arias Stella fue la excepción.
Mi cara de zanguanjo no me salvará. El hecho de que yo sea honrado tampoco, porque no se me juzgará por lo que soy, sino por lo que he hecho, y al no haber hecho nada, he hecho un daño enorme a la Patria, no la maté, pero viéndola agonizando no hice nada por salvarla. ¿Cómo se llama ese crimen? El Gran Arquitecto lo sabe.
¿Qué podría decir, si fuese yo Juan Velasco Alvarado, 1968-1975? Tendría la concha de justificarme diciendo por ejemplo: Señor, gracias a mí, es decir, por mis pecados, has enviado a tu Hijo a la tierra.
¿Cómo podría explicar la corrupción que se practicó a diestra y siniestra, quedándose en el Perú para siempre? ¿No dí manga ancha a las Fuerzas Armadas para que convirtieran sus Bazares Militares en sucursales de Macy's y Galerías Lafayette, trayendo todo lo que al pueblo le estaba prohibido importar, mientras que las FFAA ni siquiera pagaban derechos de aduana? ¿No traían la mercadería en barcos de la armada tan cargados que varios estuvieron a punto de hundirse? Y los aviones de transporte de las Fuerzas Aéreas, ¿no venían igualmente repletos? ¿No eran también esos Bazares Militares donde se podía comprar carne, azúcar, aceite, arroz, pan, a precios oficiales, mientras que el pueblo no los encontraba en ninguna parte a no ser pagando precios exorbitantes a los acaparadores?
Yo usurpé el gobierno con el pretexto de expropiar una concesión petrolera (explotada por una rapaz compañía extranjera) cuando los pozos ya estaban secos. Declaré la fecha del acontecimiento "Día del Honor Nacional".
- Qué asco. Acabó con el poco honor que me quedaba. Mejor sigo.
También expropié la Cerro de Pasco que ya no tenía cobre. Hice una reforma agraria no para darla al trabajador sino a un comité burócrata e incapaz que empobreció el campo.
¿Tendré fuerza para abrir la boca cuando se recuerde la catarata de leyes y reglamentos que espantaron la inversión privada y enriquecieron a los que manejaban las expropiaciones gubernamentales? ¡Y qué leyes! La "Ley de Comunidades Industriales" paralizó al país y promovió el éxodo de ejecutivos preparados que tanta falta hacen.
¿Qué excusa se me ocurriría para justificar a los amigos, y amigos de esos amigos, así, en proyección geométrica, y a los parientes, y parientes de los parientes, en igual escala, que se incrustaron en la administración pública para dilapidarla?
Solo, frente al Señor, ¿de qué me servirá la pose de sargento frente a reclutas que utilizaba para gobernar a ciudadanos honrados y trabajadores? ¿Tendrán algún valor ante "El Que Sabe Todo" mis ademanes mussolinescos y mi vocabulario soez? No, nada de eso me servirá un ápice para descargar mi responsabilidad por el bayonetazo que le di a la Patria.
¿Qué cara pondré cuando me muestren el daño causado por la demagogia anticapitalista que infiltré en las masas, mientras mis amigos y parientes usaban privilegios ilegales para capitalizarse?
¿Cómo responderá mi respiración cuando se vea el odio entrañable que tenía contra la sociedad burguesa a la que tanto aborrecí y a la que tanto imité? ¿De qué me sirvió disfrutar de mi corte de aduladores y cosechar aplausos baratos en el Estadio Nacional, cuando ganaba la selección de fútbol?
¿Por qué después de haber expropiado todo lo expropiable y sabiendo que no se estaban cumpliendo los objetivos económicos y sociales tal como admitía en privado, no di marcha atrás en vez de quedarme esperando algo que nunca supe qué era? Miento, sí lo sabía, era el querer ser reverenciado, el sentirme rey, emperador. Más aún, dejé que "los", y "las", Velasco y "los, y "las" González Posada se sintieran príncipes rusos y emperatrices romanas, respectivamente.
Y, ¿cuál será mi reacción cuando se sepa que no hice nada a pesar de saber que el pueblo sufría mi incompetencia? Cerré los ojos y utilicé las Fuerzas Armadas a tal punto que perdieron para siempre el respeto del pueblo. Ahora tienen que esconderse: o son las balas de los guerrilleros o las miradas de desprecio de los vecinos.
¡Cómo sudarán mis manos cuando se examine la aberrante forma en que amordacé al país quitándoles los medios de comunicación a través de expropiaciones delictuosas! Acción apoyada por ideólogos comunistas obsoletos, incrustados en el gobierno y coordinados, desde el Palacio de Gobierno, por un equipo de coroneles que hacían temblar, al estilo staliniano, a generales y almirantes. Ni qué decir a los empresarios.
Si yo fuese el General de División E. P. Presidente del Perú, Juan Velasco Alvarado, y estuviese a solas ante la "Verdad", cómo temblarían mis rodillas ante las imágenes de lo que hice y el estado en que dejé a la Patria. ¿Cómo podría justificar lo injustificable?, en esta hora... ¿cómo...?, ¿cómo...?
- Imposible general, Ud. está jodido.
Me pregunto, si yo hubiera sido Manuel Prado Ugarteche, presidente democráticamente elegido en dos oportunidades, de 1939 a 1945 y de 1956 a 1962 (a él también le sacaron los militares faltando unos días para terminar el mandato constitucional. Qué manía de los milicos...). Repito, si yo hubiera sido Manuel Prado, ¿qué me hubieses pasado ante "Aquel", "El de la Buena Memoria"?
Los peruanos ya se han olvidado de mí, de Manongo. También, gracias a Dios, se han olvidado de mi padre, el traidor Mariano Ignacio Prado, que fue asimismo presidente del Perú, durante la Guerra del Pacífico. Mi papito después de que los chilenos habían derrotado a Grau en el Pacífico, invadido la provincia de Tarapacá y preparaban su ataque a Lima, se embarcó de incógnito con destino a Europa el 18 de diciembre de 1879. Le acusaron de llevarse el dinero del Estado y la generosa colecta pública destinada a comprar armas. Mi papi, dejó el mando a un anciano general que no duró ni tres días en el gobierno. Imagínense una nación que está siendo invadida y cree que su presidente huye con el tesoro del país. Nunca llegaron las armas ni el supuesto dinero. Gobiernos posteriores le declararon traidor, hecho que no se menciona en los libros de historia. Es increíble, pero cierto.
Regreso al tema: yo, el hijo de papi, era el típico presidente de los banqueros y latifundistas, viví como reyezuelo, protegí a la aristocracia del Perú, las 100 familias (la mía la más importante), que explotaban al país como en el tiempo de la Colonia.
¿Cuál sería mi comportamiento ante El? ¿Podría mantener esa sonrisa de millonario recién casado y sujetar el tongo con la mano cuando se recuerde la gran oportunidad que perdí para educar al pueblo mientras la economía de América Latina estaba todavía en buen estado? Yo impedí la competencia internacional cuando los inversionistas extranjeros podrían haber escogido al Perú, y protegí la pésima industria nacional en las manos de mis amigos.
Yo, Pradito, continué viendo la explotación del campesino en las costas del Perú, y cómo los agricultores se hacían ricos sin importarles el futuro de sus propios hijos, que tendrían que vérselas con un pueblo lleno de rencor explicable por la indolencia con que traté a mis "animalitos". Hice concesiones inauditas a los mineros que obtuvieron enormes utilidades, extraídas con el trabajo de indios analfabetos cuyos hijos serían igual que sus padres.
Yo, Manuel Prado Ugarteche, fui un miserable, digno representante de una familia de negro historial. ¿Me servirá de algo poner la cara de no romper un plato cuando muestren todos los negociados de urbanizaciones endebles y malsanas que vendieron las compañías de mi familia en el "Porvenir" y en otras partes de Lima? ¿Cómo sudará mi trasero cuando se demuestre que nada se hizo en concurso sino por asignación amigable, llamados también "grandes negociados"? El país siguió ignorante, perdió el barco. La economía mundial facilitaba una coyuntura favorable en los dos mandatos que tuve. Después todo ha sido velar con viento en contra.
Yo, Manuelito Prado, el de las oportunidades perdidas, declaré la guerra a Japón y Alemania en 1945 cuando el Eje ya la había perdido, y permití que asaltaran todos los negocios de los japoneses en Lima. Esos honrados emigrantes sufrieron innecesarios agravios, solamente para que yo quedara bien con el tío Sam. Los agresores fueron gente obviamente atizada por mis secuaces. Ese agravio a los nipones lo debe recordar bien Fujimori y su familia. ¿No es verdad "Chino"? (llamamos chino al japonés, ¿no llamaremos también ingeniero al sepulturero?). Mejor sigo.
Moi, Monsieur le President, que coqueteaba durante mis grandes estancias en Francia con la sociedad parisina mientras que en mis propiedades se trataba a los trabajadores como a los negros de las plantaciones de la Nouvelle Orleans: los negritos a trabajar contentos y al primero que se alebreste se le castiga.
Yo, que hasta me di el lujo de tener dos primeras damas: en el primer mandato, la "Buénega", y en el segundo, la Málaga; como decía Doña Enriqueta Garland, cuyo matrimonio logré que fuese anulado por la Iglesia Católica después de más de 30 años de casados y de dos hijos muy maduros. ¿Me servirá una recomendación del primer cardenal del Perú, don Gualberto Guevara?, mejor no.
Moi, Manuelito, Manongo, Manuel, Prado, Pradito, ¿qué haré sin mi circo ni mi boato virreinal ante "su mirada"? ¿Podré abrir la boca? ¿Podré decir algo propio aunque sea esta única vez?
Es que hemos elegido unos presidentes... Por Dios. ¡Qué bestias hemos sido!
Yo me pregunto, si yo hubiese sido el General de División E. P. Manuel A. Odría que dí un golpe militar en 1948 al buenazo de José Luis Bustamante y Rivero porque era una pantalla de los apristas, cómo me presentaría ante "El Que Recuerda Todo". Yo, que tuve la frescura descarada de llamar a elecciones generales dos años después, y me lancé como candidato único, encarcelando o eliminando a los opositores y, que a pesar de eso, cometí muchísimos fraudes electorales para ser elegido como presidente constitucional de 1950 a 1956. Yo, que creé un partido sacado de la manga para poder elegir un congreso de sordo mudos que lo único que hacían era levantar el brazo en favor de mis ponencias. ¿Qué le diré al Jefe Supremo de los Ejércitos Celestiales?
¿Cómo marcharé a su encuentro sabiendo que tengo que dar cuenta de persecuciones, encarcelamientos y torturas a mis enemigos? ¿Qué podré responder, yo, que nunca aprendí a hablar bien, cuando se muestre que no hice más que amedrentar a la sociedad pensante y retardar el proceso democrático durante medio siglo? ¿Cómo pestañearán mis ojos, cuando se examine la conducta de mi fiel sicario, Esparza Zañartu, silencioso Robespierre criollo que aterrorizó y acabó con cualquier intento de oposición. ¿Cómo podré negar que durante mi gobierno se sembró en el Perú esa semilla de violencia, creada por mi violencia, creyendo que iba a intimidar para siempre a un pueblo explotado por los gamonales y monopolistas? ¿No fui yo el que forzó a los opositores a aprender a vivir en la clandestinidad, esa clandestinidad que es el éxito actual de los terroristas? ¿Habrá alguna explicación que dar por la inmovilidad social de mis largos ocho años, en que parecía que siendo tarmeño defendería a los cholos y lo que hice fue enriquecer a los ricos?
Ante los crímenes cometidos en nombre de mi lema "Hechos y no Palabras", ¿podrá servirme de disculpa manifestar que fui yo, y sólo yo, el único presidente en toda esta segunda parte del siglo que construyó algo en el Perú? ¿Quién hizo los últimos hospitales importantes? Yo, sí, fui yo quien inauguró hace más de treinta años el Hospital del Empleado de Lima con 1400 camas, y por supuesto el Hospital Naval y el Hospital del Ejército. ¿Quién ha sido el que construyó las últimas escuelas? ¿No fui yo, el que inauguró la red de Unidades Escolares existente y que no ha sido ni ampliada ni imitada hasta hoy? Y las carreteras, ¿no fui yo el que terminó la Carretera Panamericana y la autopista Oroya-Tarma, que ahora está abandonada, y muchas otras más? ¿No fui yo, Manuel Apolinario Odría, el que defendió las 200 millas e incautó la flota pesquera de Onasis por desafiar nuestras fronteras marítimas hasta que pagara una multa de 62 millones de dólares de esos tiempos? Y el Estadio Nacional, ¿no lo inauguré yo en 1952 y cuántos estadios se han hecho después? ¿No fue mi esposa, Doña María, la callada Mama Ocllo de mi gobierno, quien hizo mis obras sociales que todas las "pitucas" primeras damas que ha tenido el Perú? Por todo lo que hice, ¿no se me dará ningún crédito? Yo, Odría, sé que no. El Gran Almirante lo sabe todo, no valen argumentos comparativos. Sería como perdonar al asesino de una persona porque otros mataron a treinta.
Entonces, ¿qué le diré al Señor cuando me demuestre que, si es verdad que mi gobierno fue el último que construyó algo tan tangible en el país, mi brutalidad policial y represión política alcanzó niveles que justifican la creación de instituciones como Amnistía Internacional? Por otro lado, tampoco hubo un intento de ayudar a los pobres. Yo, Odría, seguí los consejos de los mismos clanes aristócratas de Manuel Prado, y le entregué el gobierno en 1956 consolidando el continuismo feudal en el Perú. De paso evité de que en el congreso siguiente prosperase una moción para despojarme de mi inmunidad parlamentaria y enjuiciarme por robo y enriquecimiento ilícito. ¿Podré repetir lo que dijo Hitler: "la historia me absolverá"?
- Hitler está en los infiernos, y Ud. General no se escapa.
Pueblo amnésico, no se olviden de los otros, de los que han tenido el arte de escabullir su figura protagonista en este multitudinario crimen. El más destacado de los grisáceos, otro general, como ya es costumbre, que responde al nombre de Francisco Morales Bermúdez, el cual temblando de miedo quitó a Velasco del poder, cuando ya, con una pierna amputada y al borde de la muerte, causaba más lástima que temor.
Morales estuvo casi cinco años (1975-1980) haciéndose el tonto sin resolver nada. Sus pasos hacia la democracia eran forzados por el gran desprestigio que tenían los militares a la salida de Velasco. El, Morales, no pudo restablecer la economía y ante el clamor de los jefes del ejército que querían desligarse del caos, entregó el poder, no sin antes intentar presentarse como candidato a la presidencia. Esta fue la imagen que quería endilgarnos: yo saqué al tirano, yo soy un militar decente, de buena familia; no como la de Velasco. ¡Qué frescura! Pancho Morales Bermúdez estuvo de una forma u otra ligado al manejo del país por cerca de QUINCE años, comenzó de ministro de economía de Belaúnde, después repitió el plato con Velasco llegando a ser su Primer Ministro y acabó de Presidente. No ha habido nadie en el Perú que haya durado tanto tiempo ligado al gobierno, que haya hecho tan poco y que haya salido tan campante al entregar al Perú al borde de la quiebra. "Panchito" es sin duda el campeón de los cara duras.
Y, de ese modo, Morales Bermúdez, entre whisky y whisky, estuvo sentado en la presidencia cinco largos años echando soterradamente la culpa al anterior régimen y asustando a la esquilmada ciudadanía con el regreso del radicalismo militar.
* * *
Tenemos a más Generales: esos que impidieron el triunfo aprista en las elecciones del año 1962. En ese tiempo todavía el Apra tenía algunos líderes honestos y preparados. Fue un error histórico no haberles dado la oportunidad de manejar el país cuando su fundador Víctor Haya de la Torre estaba controlando su partido y frenando a los agresivos "búfalos".
Los generales E. P., Ricardo Pérez Godoy y Nicolás Lindley se encargaron del trabajito. Estuvieron dos años (1962-1963) en los que la inestabilidad política ahuyentó el interés que tenían los inversionistas en Latinoamérica, no como ahora que nadie quiere saber de nosotros, con estabilidad o sin ella.
* * *
Casi se escapa a mi memoria el calzonazo de José Luis Bustamante y Rivero (1945-1948). Este distinguido jurisconsulto no pudo controlar a nadie. Ni a los apristas que lo llevaron al poder, ni al congreso que le tumbaba ministros a cada rato, ni a los militares que le hacían motines y rebeliones por todas partes, ni al pueblo que se desesperaba haciendo interminables colas en los estanquillos municipales para conseguir algo qué comer; hasta los marineros se le levantaron en armas. En suma, Bustamante no controló ni gobernó a nadie, lo que se llama a nadie. Nunca se enteró de que lo eligieron como Primer Mandatario, esto significa que debería mandar primero, y no ser el primero en ser mandado. Su falta de pantalones provocó que finalmente los militares usurpasen el poder, como es ya habitual. El Dr. Bustamante y Rivero, distinguido juez de la Corte de la Haya, envió a nuestro país al paredón por su falta de carácter.
* * *
Todos estos presidentes han pasado por mis ojos, los he visto, he sido testigo con mis compatriotas de sus tropelías e incompetencias. Yo, mi familia, mis amigos, mis conocidos, todo el pueblo del Perú ha sufrido por estos malhadados gobernantes. Pero esto es sólo una perversa tradición, hubo otros a quienes no conocí y a quienes los libros de historia no examinan como debieran. Sólo mencionan unas que otras fechas, unas cuantas inauguraciones de sus obras públicas y, de manera inocua algún acontecimiento político o militar. No dicen cómo robaron, traicionaron, dilapidaron, establecieron controles represivos innombrables y consiguieron adormecer durante dos siglos a un pueblo trabajador, disciplinado y pacífico.
Para conocer a estos miserables hay que ir más adentro, leer entre líneas los periódicos de esas épocas. Preguntarse por ejemplo: ¿bajo qué régimen fue encarcelado y forzado a exiliarse en Francia un inocente profesor de escuela provinciana llamado César Vallejo? ¿Cuántos miles más, que no eran poetas, sufrieron la misma suerte? Hoy ya nadie se acuerda de ellos. ¿Nadie?, no, exagero, porque mi anciana madre siempre se acuerda que su padre Cesáreo Rebolledo Alzamora estuvo largo tiempo preso, por sus ideas políticas, en las mazmorras insalubres del Fuerte Real Felipe del Callao, cayó enfermo y murió prematuramente dejando en la ruina a sus seis tiernos hijos, en su pueblo, Huaraz.
¿Quién era presidente cuando Rosendo Maqui luchaba por su comunidad en "El Mundo es Ancho y Ajeno" de Ciro Alegría? Esas batallas estériles contra el muro de la crueldad latifundista, ¿no fueron acaso reprimidas por la fuerza militar al servicio de un gobierno corrupto?
¿Quién era el jerarca que dirigía el país cuando se aplastó con sangre y fuego la rebelión de la chicheras de Huanapata, que luchaban contra el acaparamiento de la sal por parte del hacendado? ¿Fue todo un invento de José María Arguedas? ¿No han pasado cosas peores durante toda la república?
¿Sobre qué país escribió sus siete ensayos, José Carlos Mariátegui? ¿Quiénes fueron los presidentes que gobernaron en su tiempo? Y, ¿quienes fueron los presidentes de la generación anterior a él, los de la época de Manuel González Prada que vivió de 1848 a 1918 y que dijo, ya por esos tiempos: "el Perú está enfermo, por donde se le aprieta sale pus"?
Bueno, saquen la lista de todos los presidentes que hemos tenido. Todos han sido iguales.
Fujimori sólo es un ejemplo reciente. Su elección confirma que un pueblo desesperado elige al candidato más desconocido esperando un milagro.
La sorpresiva derrota de Vargas Llosa hizo reaccionar a la burguesía peruana en su forma más genuina: insultaron al vencedor por su origen japonés. Los denuestos "fuera chino de mierda" se confundieron con los gritos extemporáneos "Mario, presidente". En la Marina se oyeron ruidos de sables.
- ¿Ser gobernados por un japonés? Jamás.
- Figúrate, hijo. Qué vergüenza, tener a una "cara de plato" de primera dama.
La reacción de Vargas Llosa no pudo ser otra: calmó a sus partidarios y no permitió que se insulte a Fujimori en su presencia. Y tenía razón, los japoneses en el Perú han tenido y tienen un papel destacado en todas las actividades en que participan. Han representado bien la tradición de ese país trabajador, disciplinado y honrado, al cual muchos admiramos tanto. Sin embargo, puesto que hablamos de ellos, tenemos que lamentar la corrupción de los gobiernos japoneses desde la época del "shogunato" de Tokugawa -c. 1600- hasta nuestros días. No hay mes que no se lea noticias de escándalos políticos que van desde la comprobación de mordidas pagadas a sus primeros ministros, como el famoso caso de Tanaka en 1974, hasta millonarias operaciones ilegales en la bolsa, fomentadas por líderes de varios partidos. Regresemos al Perú.
Fujimori, al ser el primer sorprendido por su elección y no contando con una estrategia a seguir, eligió la diseñada por Vargas Llosa. Los resultados de los primeros veinte meses de gestión fueron, desde el punto de vista económico, algo alentadores, la inflación se redujo significativamente y la reincorporación del Perú a los organismos internacionales dio sus primeros resultados al conseguir importantes préstamos y ayudas financieras. Pero, por otro lado, el precio que pagó el pueblo fue muy alto, la desocupación creció y los aumentos salariales no alcanzaron a cubrir la liberación de los precios. El "fujishock" económico puso en la miseria a varios millones más que llevaron a cabo protestas y huelgas; en fin, el desencanto comenzó a cundir. Además, la seguridad ciudadana se hizo más precaria porque la policía empezó a competir con los maleantes en atracos y robos. El terrorismo aumentó golpeando la misma capital: "ha obtenido un equilibrio estratégico", reconocieron los expertos. El panorama se oscureció, aún más, porque el Congreso no aprobó las leyes que propuso el Ejecutivo. El Poder Judicial siguió como siempre, ineficaz y corrupto y las Fuerzas Armadas, también como siempre, ambiciosas y rapaces.
Mientras tanto, Fujimori, no había sido lo suficientemente sagaz como para atraer a su minúsculo partido, Cambio 90, las masas que pudieron poner presión al Congreso para aprobar leyes y reformas que, según él, eran necesarias. No, su golpe de estado fue la solución de un político incapaz: al no poder usar su habilidad, usó la fuerza.
- Y, ¿cómo reaccionó el pueblo peruano?
- Como era de esperarse. Todos con Fujimori.
- Qué horror. Renuncio.
A los pocos días del "fujishoque" (fue el cinco de abril del Quinto Centenario de haber sido conquistados. Para decirlo claro y sin eufemismos), las encuestas mostraron que el 80% de la población estaba de acuerdo con el golpe. No hay duda, somos un pueblo amnésico, pusilánime e ignorante.
No voy a repetir lo dicho en otra parte del Réquiem. Bueno, sí. Es inevitable: Un pueblo que está al borde del caos adquiere el hábito de creer en la primera cosa que se le ofrece. Creyendo que no tiene nada que perder se equivoca, porque la degradación de una sociedad no tiene límites. Pero en el Perú, creer no quiere decir participar: los peruanos quieren que se les salve sin intentar levantar un dedo. ¡Estamos recontra jodidos! Disculpen, es lo menos que puedo decir.
Fujimori justificó su decisión por la necesidad de acabar con la corrupción del Poder Judicial y del Poder Legislativo, pero no dijo que la venalidad mayor no estuvo en las leyes ni en la justicia sino en LA ADMINISTRACIÓN del país, y eso ha estado en sus manos y en las botas de las Fuerzas Armadas y Policiales.
Veamos tres ejemplos: Uno, dos semanas antes del "fujigolpe", su mujer, Susana, acusó públicamente a los hermanos de Fujimori de vender en varias tiendas la ropa donada por países extranjeros. Pocos días después de la acusación, un juez dijo que aceleraría la investigación y que en quince días se determinaría la cuantía de la malversación y los implicados en ella. Todo esto se paró con el autogolpe para moralizar el país. Dos, Hernando de Soto, respetado investigador social y escritor, renunció pocas semanas antes del golpe a su puesto de "zar" de la campaña contra el narcotráfico debido a que no encontró en Fujimori el respaldo necesario para cambiar los cuadros Policiales de las Fuerzas Armadas que impedían que se lleve acabo importantes campañas. Tres y último, durante todo su mandato constitucional, mi gran amigo J. A. T. ha venido pagando coima en la Aduana para sacar mercadería que trae legalmente del extranjero. Estas tres perlas japonesas, parte de un inmenso collar, indican que Fujimori vio la paja en ojo ajeno y no la viga en el suyo.
Yo me pregunto, ¿quién va a denunciar las estafas de una dictadura?, ¿sus atropellos a los derechos del hombre?, ¿los atracos de su Policía?, ¿las coimas en las compras de equipo bélico? No sigo hablando sobre las nefastas consecuencias de las tiranías porque es un insulto a la inteligencia de los extranjeros, y un esfuerzo inútil, ya que mis compatriotas no lo creerán hasta el momento en que el gobierno de Fujimori se desgaste y caiga. Entonces volveremos a quejarnos, sólo que lo haremos desde el sótano de la civilización, en las comarcas de los simios. Después miraremos con entusiasmo y renovadas esperanzas a un nuevo Jerarca y nos olvidaremos de que Fujimori no fue la excepción a la larga lista de pésimos gobernantes que hemos tenido.
Recordare
Señor, recuerda que bajaste a la tierra por los pecados de los hombres. Después de haberlos visto, ¿no crees que has debido descender más abajo...?
Jesús, cuando nuestros presidentes se sonrojen ante Ti al recordar sus robos, crímenes, abusos, prepotencia, injusticias, traiciones, ineficacias, estupideces, que han dejado a este buen pueblo en la ruina más desesperada y en un caos irrecuperable, ¿no crees que Tú también deberías sonrojarte?
Si desea, puede dejar su comentario en el Foro del Réquiem por Perú.
Hay 7 usuarios en línea